Misión Naval Venezolana en España

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LA PROPIEDAD INTELECTUAL EN LA REALIDAD MUNDIAL ACTUAL

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Por:  CF. Jesús Soto Monsalve

        Hablar de propiedad intelectual es remontarse al concepto básico contenido en el código de leyes Judías llamado Shulján Aruj. Allí se mencionaba en forma explícita por primera vez la prohibición "GNEVAT A DA'AT", contra el robo de ideas o conocimiento.



Oficial egresado de la Escuela Naval de Venezuela en el año 1991, con la promoción “CN Sebastián Boguier” y diplomado como Licenciado en Ciencias Navales. Cursó estudios de Derecho en la Universidad Santa María – Corte Marcial, de donde egresó con el título correspondiente. Ha ocupado los diferentes cargos inherentes a su especialidad, siendo su último desempeño como Jefe de la División de Control, en la Dirección de Contratos de la Armada. Actualmente se desempeña como Asesor Legal de la Misión Naval Venezolana en España (MNVE).

 

 

 

 

  

           Históricamente, la propiedad intelectual no siempre ha sido reconocida. Grandes autores literarios del pasado que han sido acusados de plagio, sólo se limitaban a tomar un asunto de otro escritor con entera libertad de acuerdo a lo que se permitía en su tiempo. Sólo en la Inglaterra del siglo XVII comenzó a ser reconocido el copyright como un derecho inherente a la creación literaria, y por extensión a la creación de obras propias del intelecto. En el siglo XIX comenzó la internacionalización de los derechos de autor, creando una plataforma jurídica para el respeto de éstos en todos los países.

            Sin embargo la expansión del capitalismo y la necesidad de incentivos para mantener el acelerado desarrollo tecnológico tras las guerras napoleónicas, consolidarían la lógica de la propiedad intelectual y extenderían las legislaciones protectoras.

           De hecho, la propiedad intelectual estuvo históricamente supeditada en la práctica a las necesidades sociales de innovación. Cuando Eli Whitney inventó la desmotadora de algodón en 1794 a nadie, y mucho menos a él mismo, se le ocurrió plantear demandas a pesar de que la hubiera patentado.

            La desmotadora era un invento sencillo, que permitía reducir el precio del algodón drásticamente y convirtió a EE.UU. en la década de 1830 en el gran proveedor de las nacientes manufacturas textiles británicas. Y el algodón, hasta entonces equivalente al lino en precio y limitado por tanto a las clases altas, se transformó en un bien de consumo de masas de precio asequible. EE.UU. y Gran Bretaña pasaron, gracias a la industria de la manufactura algodonera, entre otras cosas, de ser países en desarrollo a ser países desarrollados.

            Otro aspecto destacable fue la internacionalización espontánea de los pagos a los autores por parte de los editores. Al parecer, durante el siglo XIX los autores estadounidenses recibieron más pagos de los editores británicos que de los de su propio país, a pesar de que legalmente los privilegios eran estatales y no podían ser reclamados legalmente en otros países.

            Parece que, como vuelve a suceder hoy día, la parte principal de los ingresos de una obra se producían en la primera edición, lo que incitaba a los editores británicos suficientemente a pagar por acceder a los contenidos antes que sus competidores, sin necesidad de que estos hicieran valer sus privilegios legales.

           A pesar de ello, la Convention de Berne pour la protection des œuvres littéraires et artistiques, convocada en 1886 por iniciativa de Victor Hugo, autor de los primeros éxitos de ventas internacionales, marcó un momento decisivo en la globalización del derecho de autor al obligar a la reciprocidad en el reconocimiento de derechos a los autores por parte de los países signatarios. Aunque eran originalmente tan sólo media docena y exclusivamente europeos (EE.UU. no se sumó hasta 1889) se sentaron las bases del panorama actual.

           Actualmente la propiedad intelectual es considerada como los derechos que corresponden por ley al autor de una creación desde el momento en que toma una forma en cualquier tipo de soporte tangible (papel, en el caso de una obra literaria o de una partitura; soporte magnético, en el caso de una grabación informática y similares) o intangible (por ejemplo, ondas hercianas, para las obras de televisión). La idea para un cuento, la receta culinaria que una familia se transmite de generación en generación, una canción que se silba por la calle, por ejemplo, no son obras protegidas por la ley. Pero una vez son escritas, grabadas o representadas en público, las leyes reguladoras del copyright, los diseños o las patentes reclaman la protección de los derechos de sus autores, como titulares de la propiedad intelectual.

           El sistema de copyright descansa en este principio de la propiedad intelectual, al proveer un mecanismo de compra y venta de derechos, cesiones, etc., y el control de su uso dentro y fuera del país.

           La propiedad intelectual cubre todo trabajo original literario, dramático, artístico, musical, científico, con independencia de que su calidad sea buena o mala: todo producto de la inteligencia humana está protegido. Aunque existen leyes nacionales, hay un gran número de acuerdos internacionales para la protección de las obras. Los más importantes de todos ellos son el Convenio de Berna de 1886 y la Convención Universal del Copyright de 1952. Otros convenios importantes son los de París y Ginebra.

           El artículo 9 del Convenio de Berna establece que 'los autores de obras literarias y artísticas protegidas por el presente Convenio gozarán del derecho exclusivo de autorizar la reproducción de sus obras por cualquier procedimiento y bajo cualquier forma'.

           Las invenciones científicas o los diseños comerciales están protegidos también en el sistema de copyright. No se protege el copyright del título de un libro, pero los propietarios de marcas, invenciones o lemas comerciales pueden registrarlos por medio del sistema de protección de la marca registrada, a fin de que las confusiones entre términos parecidos no se produzcan.
La mayor parte de las formas de protección de la propiedad intelectual conceden un tiempo a lo largo del cual los titulares pueden ejercitar sus derechos. Por regla general, es el tiempo de la vida del autor y una serie de años más, que ha oscilado en la historia desde 50 a 80.

          Los mayores problemas actuales que presenta el sistema de la propiedad intelectual son los que hacen referencia a la protección de las publicaciones electrónicas (copias de cintas de música o de vídeo), así como las fotocopias de una obra escrita. El control de las copias presenta enormes dificultades, y no siempre debe enfrentarse a la cuestión de copias privadas, sino de un mercado de gran magnitud de copias piratas o ilegales. Lo mismo cabe decir de los programas de software, que pueden ser copiados en menos de un segundo. A todo ello hay que añadir los problemas derivados de la puesta en práctica del sistema Internet. El uso lícito de las copias en el mundo académico, por ejemplo, no puede justificar un estado de cosas en que al autor no le compense llevar a cabo un trabajo creador si su producto puede ser reproducido con facilidad y sin que ello le suponga remuneración alguna.

           Existe alguna excepción al carácter universal que rige los convenios del copyright: en China, la propiedad intelectual no pertenece al creador de la obra original, sino a la colectividad.

           Por esta excepción a la propiedad Intelectual creo conveniente, en adelante, redefinir un cierto número de conceptos teóricos que reenvíen no sólo a simples cuestiones de "derechos de autor", sino, de forma más esencial, a lo que hoy día es la riqueza, la apropiación privada, el trabajo y la renta.

           Pasar a una economía que se basa esencialmente en el saber, hace imperiosa la necesidad de una mutación del concepto de "propiedad intelectual".

           En efecto, cuando el proceso productivo se presenta esencialmente como "cooperación entre cerebros", el control sobre las fuentes mismas de innovación, sobre las cuencas de conocimientos y las bases de datos, produce un empuje mayor a esta redefinición.

           Para convencerse, es suficiente leer entre líneas de una cierta actualidad: la batalla que se anuncia ya alrededor de la explotación comercial del desciframiento del genoma humano; el embrollo jurídico-mediático en torno al software de cambio de ficheros musicales vía Internet Napster; las presiones del gobierno de los Estados Unidos para impedir el acceso de ciertos Estados del Tercer-mundo (Brasil, India, África del Sur) a los medicamentos genéricos en materia de lucha contra el Sida; la probable integración de los programas informáticos en la Convención europea sobre patentes en Múnich; la ofensiva de los productos "biotech" en el sector agro-alimentario, etc.

            Por un lado, asistimos a una serie de ofensivas por parte de empresas multinacionales y de grupos de interés para imponer "Ajustes" a las legislaciones existentes y a los tratados internacionales, en materia de propiedad intelectual, que permitirían perpetuar o suscitar barreras en torno a los bienes inmateriales. Por otro lado, un cierto número de actores y de sujetos sociales impulsan, con sus prácticas, una redefinición de la propiedad intelectual, tratando, de ese modo, de protegerse de los efectos devastadores de la lógica de las patentes.

            Pero más allá de la simple crónica circunstancial, y de los envites políticos inmediatos alrededor de las patentes y del «derecho de autor», es necesario recordar, a pesar de todo, que también se muere a causa de las patentes, como en el caso de los tratamientos contra el Sida.

            Alrededor de esta cuestión de la propiedad intelectual debemos, en adelante, redefinir un cierto número de conceptos teóricos que reenvíen no sólo a simples cuestiones de «derechos de autor», sino, de forma más esencial, a lo que hoy en día es la riqueza, la apropiación privada, el trabajo y la renta.

            El derecho de la propiedad intelectual, el copyright, fue pensado por la Constitución norteamericana como un «contrato social» entre el autor y el público, entre el inventor y la sociedad.

            ¿Es todavía válido este contrato?, ¿Ese contrato reconoce la masificación y la socialización de la capacidad de inventar?, es complejo definirlo, pero una cosa si es cierta: finalmente, no es tanto el carácter «inmaterial» de los bienes lo que modifica los términos de la problemática, sino la centralidad del saber y de la cooperación que la produce, que vuelve a plantear conflicto en la pertinencia o no de cambiar el alcance y los términos del contrato social copyright.

 

Notas editoriales:

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Última actualización el Martes, 24 de Agosto de 2010 17:08